Veinte minutos de fama
Capítulo IInicuo e inocuos
Se acercó decidido.
En su rostro no se percibía ninguna señal de misericordia ni piedad.
Sus futuros occisos estaban unidos y atemorizados, aguardando el momento en que su verdugo se decidiera a atacar.
Sabían que nunca más volverían a estar juntos; el hombre que tenían delante de ellos se encargaría de suprimirlos y separarlos para siempre.
Los observaba a distancia.
Su mirada se posó en los inertes e inexpresivos rostros de sus víctimas, y luego recorrió sus cuerpos, examinando detenidamente las marcas de sus vientres.
De pronto, en su rostro serio y solemne, se dibujó una sonrisa.
Tomó su arma con ambas manos, y apuntando con ésta a su vasallo de raza blanca, le ordenó atacar a sus hermanos de color que tenía en frente, llenos de pánico, tristeza y desesperación ante la muerte segura que estaba por venir.
El vasallo, ante la fuerza del arma que le amenazaba y le empujaba a atacar, tuvo que obedecer.
Pasaron breves segundos.
Hubo ruido, desorden, confusión.
El hombre observaba el caos y el miedo que había creado al embestir contra sus víctimas.
Los atacados intentaron huir, mas no pudieron escapar muy lejos; el cansancio que los poseía era enorme.
Agotados, miraron a su alrededor.
Dos de ellos habían muerto.
Invadidos por la pena y el odio, trataron de retomar la huída, mas fue en vano.
No podían moverse.
- "Dos pájaros de un tiro. Sigamos con los demás" - dijo el hombre.
Se acercó a su pálido servidor, y otra vez, con el poder que le otorgaba su arma, lo obligó a suprimir a una nueva víctima, de tez morena como la noche y de pequeños ojos blancos.
El vasallo obedeció de inmediato.
Atacó a su presa, rápida y silenciosamente.
Su cruel amo, aún con la sonrisa en el rostro y su arma en la mano, supervisó la tercera matanza.
En su rostro no se percibía ninguna señal de misericordia ni piedad.
Sus futuros occisos estaban unidos y atemorizados, aguardando el momento en que su verdugo se decidiera a atacar.
Sabían que nunca más volverían a estar juntos; el hombre que tenían delante de ellos se encargaría de suprimirlos y separarlos para siempre.
Los observaba a distancia.
Su mirada se posó en los inertes e inexpresivos rostros de sus víctimas, y luego recorrió sus cuerpos, examinando detenidamente las marcas de sus vientres.
De pronto, en su rostro serio y solemne, se dibujó una sonrisa.
Tomó su arma con ambas manos, y apuntando con ésta a su vasallo de raza blanca, le ordenó atacar a sus hermanos de color que tenía en frente, llenos de pánico, tristeza y desesperación ante la muerte segura que estaba por venir.
El vasallo, ante la fuerza del arma que le amenazaba y le empujaba a atacar, tuvo que obedecer.
Pasaron breves segundos.
Hubo ruido, desorden, confusión.
El hombre observaba el caos y el miedo que había creado al embestir contra sus víctimas.
Los atacados intentaron huir, mas no pudieron escapar muy lejos; el cansancio que los poseía era enorme.
Agotados, miraron a su alrededor.
Dos de ellos habían muerto.
Invadidos por la pena y el odio, trataron de retomar la huída, mas fue en vano.
No podían moverse.
- "Dos pájaros de un tiro. Sigamos con los demás" - dijo el hombre.
Se acercó a su pálido servidor, y otra vez, con el poder que le otorgaba su arma, lo obligó a suprimir a una nueva víctima, de tez morena como la noche y de pequeños ojos blancos.
El vasallo obedeció de inmediato.
Atacó a su presa, rápida y silenciosamente.
Su cruel amo, aún con la sonrisa en el rostro y su arma en la mano, supervisó la tercera matanza.
Todas las desafortunadas víctimas observaron el nuevo crimen.
Y en silencio, esperaron tranquila y calladamente su hora de muerte, que no podía tardar en llegar.
Y en silencio, esperaron tranquila y calladamente su hora de muerte, que no podía tardar en llegar.