martes, 31 de julio de 2007

Veinte minutos de fama


Capítulo I
Inicuo e inocuos
Se acercó decidido.
En su rostro no se percibía ninguna señal de misericordia ni piedad.
Sus futuros occisos estaban unidos y atemorizados, aguardando el momento en que su verdugo se decidiera a atacar.
Sabían que nunca más volverían a estar juntos; el hombre que tenían delante de ellos se encargaría de suprimirlos y separarlos para siempre.
Los observaba a distancia.
Su mirada se posó en los inertes e inexpresivos rostros de sus víctimas, y luego recorrió sus cuerpos, examinando detenidamente las marcas de sus vientres.
De pronto, en su rostro serio y solemne, se dibujó una sonrisa.
Tomó su arma con ambas manos, y apuntando con ésta a su vasallo de raza blanca, le ordenó atacar a sus hermanos de color que tenía en frente, llenos de pánico, tristeza y desesperación ante la muerte segura que estaba por venir.
El vasallo, ante la fuerza del arma que le amenazaba y le empujaba a atacar, tuvo que obedecer.
Pasaron breves segundos.
Hubo ruido, desorden, confusión.
El hombre observaba el caos y el miedo que había creado al embestir contra sus víctimas.
Los atacados intentaron huir, mas no pudieron escapar muy lejos; el cansancio que los poseía era enorme.
Agotados, miraron a su alrededor.
Dos de ellos habían muerto.
Invadidos por la pena y el odio, trataron de retomar la huída, mas fue en vano.
No podían moverse.
- "Dos pájaros de un tiro. Sigamos con los demás" - dijo el hombre.
Se acercó a su pálido servidor, y otra vez, con el poder que le otorgaba su arma, lo obligó a suprimir a una nueva víctima, de tez morena como la noche y de pequeños ojos blancos.
El vasallo obedeció de inmediato.
Atacó a su presa, rápida y silenciosamente.
Su cruel amo, aún con la sonrisa en el rostro y su arma en la mano, supervisó la tercera matanza.
Todas las desafortunadas víctimas observaron el nuevo crimen.
Y en silencio, esperaron tranquila y calladamente su hora de muerte, que no podía tardar en llegar.

viernes, 20 de julio de 2007

Crónico

Y acá estoy. Acá estamos. De vuelta en la capital. Eso es tan agradable como triste. (Me fui de viaje de estudios hace 10 días, por si acaso). Parto comentando que el cuaderno que llevaba a todos lados, desde Santiago a Arica, y viceversa, llevaba en El mis recuerdos, mis preguntas, mis reflexiones, mis alegrIas y mis frustraciones del viaje. Ojalá eso no les deje una visión del clásico "querido diario, hoy me siento feliz"
No era así. Ese cuaderno de aspecto desgastado, raquítico producto de mis incontables arranques de hojas, contenía y contiene la crónica de mi viaje. Mi crónica. Y a la vez de todos.
Pero no es una crónica que busca la perfección del relato ni el agrado de profesores de lenguaje.
Eso es otro cuento. Esta es mía. Esta es paralela a toda crónica presionada y no siempre natural. No busca un siete en ninguna libreta de notas. Busca un siete en mi experiencia de vida... busca reflejar lo mejor posible las cosas que me ocurrieron. Cosas tan normales como "Llegamos a la Recova" o "alojamos en el Park Calama". Y cosas tan personales como "quería romper la puta tele con todas sus pelIculas que no me dejaban dormir". Pido disculpas si mis relatos se tornan confunsos.
Desde ya advierto que estas narraciones que ocuparán durante un tiempo el espacio de mi blog están anacrónicamente escritas, lleno de flash-
backs, lleno de raccondos y narradores de todo tipo. Fueron 10 días increÍbles, extraños, y muy, muy largos.
Mi pequeña introducción.
Como ya dije en el post anterior, necesito contarle al mundo lo que sentí y las situaciones increíbles que viví.
Saludos a todo mi entorno del norte.



A ellos y a ellas.
Gracias por todo.