- Permiso, permiso.
- Agáchate, Monti, por favor.
- Pasa rápido.
- Permiso, permiso.
De nuevo atravesando el bus de lado a lado. Era como la décima vez en ese día. Y es que cuando las películas me aburren, no puedo seguir viéndolas, y mi cuerpo me exige movimiento.
Así que caminé el largo pasillo, mientras intentaba no tapar la tele en el intento y Monti, ya que vas pa adelante, diles que suban el volumen a la tele, porque están jugando cachos y no se escucha nada,
cómo que no se escucha exagerado de mierda, además tiene subtítulos, pero igual no se escucha, Monti no le digay lo del volumen, si diles porfa, y si tu estuvieras jugando no te importaría el volumen, y si tu estuvieras viendo la película estariay chato del ruido de los cachos, que no se pa que mierda los traje, si al final todos desesperados con el ruido de los famosos cachos y pa más soy el mensajero de mierda que queda como el malo que va a acusar de que el volumen está bajo.
Los primeros asientos. Adelante.
Un lugar donde nunca me había ido en un bus. Y al parecer en ese viaje tampoco iba a hacerlo; todos estaban ocupados siempre por los mismos personajes y no parecía que fueran a moverse de ahí, ni siquiera en alguno de los once días que viajaríamos.
Pancho, dicen ahí atrás que si pueden subir el volumen a la película, porque están jugando cachos al lado y no se escucha nada, no sé, plantéaselo al Pato, él es el jefe arriba del bus no yo, bla, bla, etc, etc.
El Pato. Desde que me subí al bus, un día atrás, lo había evitado, quizás inconsientemente. Sentía que había agarrado una mala onda hacia mí inexplicable y sin razón.
Mas tarde entendería por qué.
"Hola, emm atrás dicen si puede subir un poco el volumen, porque no escuchan". No sé que me respondió, y tampoco le insistí, ya que yo no tenía ningún interés en que se subiera o se bajara el volumen.
Quizás el audio terminó siendo más alto, quizás no, no sé y tampoco me importó, yo había cumplido con mi recado, y volvía al antepenúltimo puesto, junto a la ventana, donde me senté apenas subí al bus, al principio de todo.
Quizás ser tan neutral para todo me juega en contra - pensé - como sea, nunca más de mensajero. Si quieren más volumen, que se levanten y lo pidan ellos, yo soy el encargado de administrar las películas, no de la relación de comunidad en el bus.
Al lado, un intrigado Benjamín Hiriart miraba atentamente la pantalla.
Y un cansado Nicolás Montero sacaba un libro, leía dos páginas, y se dormía profundamente con la cara pegada a la fría ventana, mientras una no muy agradable voz aguda seguía discutiendo algo así como "no se escucha" y "paren un rato con los cachos", mientras un ruido de dados golpeaba con fuerza tanto la mesa de juegos como la convivencia y la paciencia de algunos viajeros.