jueves, 24 de enero de 2008

Algo Renombrado... Al Gore

Seré breve.
Últimamente el tema de mayor importancia en el mundo es el calentamiento global. El mundo no da para más, y eso es culpa de los humanos en un 100%.


Cuándo decimos calentamiento global, aparece de inmediato el nombre de Al Gore, el hombre que ha intentado trasmitir el mensaje de la conciencia mundial hacia nuestro planeta, líder de la gran campaña por salvar nuestro mundo.

Hay ciertas personas que se dedican a ridiculizarlo, atacarlo, y acusarlo de alarmista y oportunista, que no quiere nada más que ganar apoyo político y dinero, combinado con una buena imagen de su persona.

En general las personas que lo atacan son políticos y empresarios que se niegan a aceptar el desastre climático por razones en gran parte económicas.
"El tipo está loco" ,
"Es un sinvergüenza que quiere plata y no le importa el mundo", "Quiere una buena imagen política", etc, etc.
Mucha gente, incluyendo amigos y familiares mios, lo critican. Y está bien, es su opinión.

Pero la mía es la siguiente: Si alguien gana plata transmitiendo un mensaje tan importante como es la conciencia por nuestro mundo, que se gane los millones que quiera.

Y para los que insisten en que es un sinvergüenza:


Ojalá el mundo estuviera lleno de sinvergüenzas como él.
Grande Al Gore.



miércoles, 16 de enero de 2008

¿Y Kike?

Iquique - 2:00 AM - Hotel Pratt


Che Monti, vamos a dormir mejor, dale. No te voy a dejar así en pleno pasillo del hotel.
- Anda no más, en serio no pasa nada.



Con un acento argentino en peligro de extinción, mi buen amigo Benja intentaba calmar mi angustia y mi tristeza en vano, mientras mi sonrisa prefabricada tranquilizaba a curiosos y preocupados compañeros de curso y de viaje que se acercaban a ver qué me pasaba.
Una figura se acercaba hacia nosotros.
Me llevé la polera a los ojos y me sequé las lágrimas justo a tiempo.
El hombre barbudo que tenía adelante me pidió bajar al hall del hotel porque tenía que hablar algo muy importante y serio conmigo.
Accedí automáticamente. Mientras bajábamos las escaleras, la mirada de mi amigo me deseaba suerte.
Yo iba haciéndome la idea de recibir el reto de mi vida, aunque no tenía claro por qué debía de ser retado.
Caminó hasta una mesa y me acercó una silla. Me senté, siempre mirando al suelo, incapaz de revelar mis ojos llorosos.
Prendió un cigarro. Durante unos minutos nadie dijo nada. Comencé a entender por qué estaba ahí. No se trataba de un reto, ni de una llamada de atención.

Parecía decidido a no hablar. Yo me mantenía serio.
- Yo también he llorado por alguna señorita - dijo al fin Pancho Maturana, al tiempo que se sacaba los lentes y mataba a su cigarro.
Mostrándome desconcertado ante esa declaración, le di a entender que no era por eso que estaba triste.
- Disculpa , ¿por qué llorabas entonces, joven charanguista? - preguntó, mientras encendía un nuevo cigarro.
- No lloraba - dije decidido.
- Ah, disculpa de nuevo entonces. Me pareció que llorabas mientras dialogabas oralmente en sentido figurado con Hiriart.
- No.
Cambiemos el tema entonces... ¿Qué te pareció Iquique?



Solté las lágrimas que tenía retenidas, mientras se acercaba y me consolaba.
Fueron tres horas de intensa conversación, a plena madrugada.
En un ataque de nostalgia, me contó su infancia, su adolescencia, su juventud, su vida.
Por tres horas, me hizo olvidar mis angustias amorosas, y sumergirme en la alegría de la compañía.
El sueño nos dijo alto, pasadas las cinco de la madrugada.
Nos despedimos, sabiendo que nos veríamos en un par de horas, al desayuno.
- En el bus dormiremos... buenas noches.
- Chao Pancho, gracias.
- De nada... y si te sirve de algo: Yo también he llorado por alguna señorita.



No era la primera vez que escuchaba eso de él, pero sabía que ahora si me serviría de algo



miércoles, 9 de enero de 2008

Permiso, permiso

- Permiso, permiso.

- Agáchate, Monti, por favor.
- Pasa rápido.
- Permiso, permiso.

De nuevo atravesando el bus de lado a lado. Era como la décima vez en ese día. Y es que cuando las películas me aburren, no puedo seguir viéndolas, y mi cuerpo me exige movimiento.

Así que caminé el largo pasillo, mientras intentaba no tapar la tele en el intento y Monti, ya que vas pa adelante, diles que suban el volumen a la tele, porque están jugando cachos y no se escucha nada,
cómo que no se escucha exagerado de mierda, además tiene subtítulos, pero igual no se escucha, Monti no le digay lo del volumen, si diles porfa, y si tu estuvieras jugando no te importaría el volumen, y si tu estuvieras viendo la película estariay chato del ruido de los cachos, que no se pa que mierda los traje, si al final todos desesperados con el ruido de los famosos cachos y pa más soy el mensajero de mierda que queda como el malo que va a acusar de que el volumen está bajo.

Los primeros asientos. Adelante.
Un lugar donde nunca me había ido en un bus. Y al parecer en ese viaje tampoco iba a hacerlo; todos estaban ocupados siempre por los mismos personajes y no parecía que fueran a moverse de ahí, ni siquiera en alguno de los once días que viajaríamos.

Pancho, dicen ahí atrás que si pueden subir el volumen a la película, porque están jugando cachos al lado y no se escucha nada, no sé, plantéaselo al Pato, él es el jefe arriba del bus no yo, bla, bla, etc, etc.

El Pato. Desde que me subí al bus, un día atrás, lo había evitado, quizás inconsientemente. Sentía que había agarrado una mala onda hacia mí inexplicable y sin razón.
Mas tarde entendería por qué.
"Hola, emm atrás dicen si puede subir un poco el volumen, porque no escuchan".
No sé que me respondió, y tampoco le insistí, ya que yo no tenía ningún interés en que se subiera o se bajara el volumen.
Quizás el audio terminó siendo más alto, quizás no, no sé y tampoco me importó, yo había cumplido con mi recado, y volvía al antepenúltimo puesto, junto a la ventana, donde me senté apenas subí al bus, al principio de todo.

Quizás ser tan neutral para todo me juega en contra - pensé - como sea, nunca más de mensajero. Si quieren más volumen, que se levanten y lo pidan ellos, yo soy el encargado de administrar las películas, no de la relación de comunidad en el bus.

Al lado, un intrigado Benjamín Hiriart miraba atentamente la pantalla.
Y un cansado Nicolás Montero sacaba un libro, leía dos páginas, y se dormía profundamente con la cara pegada a la fría ventana, mientras una no muy agradable voz aguda seguía discutiendo algo así como "no se escucha" y "paren un rato con los cachos", mientras un ruido de dados golpeaba con fuerza tanto la mesa de juegos como la convivencia y la paciencia de algunos viajeros.

domingo, 30 de diciembre de 2007

Caminaban despacio y tranquilamente por la vereda


Iba muy rápido montado en su bicicleta calle abajo.
Pasó junto a un hombre y por poco lo atropella, pero el peatón se movió a tiempo, le grito un par de insultos, y el despistado ciclista siguió sin enterarse. El enemigo viajaba con él en su muñeca izquierda, y avanzaba imparable y cruelmente, la verdad es que iba rajado en la bici, con un vuelo increíble, estaba atrasado y faltaban cinco minutos para las ocho, creo que casi atropello a un gallo, ni me di cuenta, la verdad, pero por algo me habrá gritado así, el tipo venía echo un loco en su bicicleta, me tuve que correr para que no me atropellara, le solté un par de garabatos, se veía que estaba atrasado, en todo caso.
Dobló en la esquina y pasó con el semáforo en rojo al otro lado de la calle. Sólo un bocinazo le hizo darse cuenta de su infracción, pedaleó fuerte y evitó ser topado por una camioneta que se disponía a virar, y creo que estoy siendo muy imprudente, o no se si será de pavo pero creo que crucé con roja, por algo esa camioneta casi me atropella, menos mal que atiné y piqué, porque sino me voy derecho a la clínica, y ese otro que toca bocina si ya pasó, pero obvio, el típico conductor al estilo gringo que mete bocinazo bien fuerte para llamar la atención, porque el pendejo cree que puede llegar y cruzar con roja, pero si no se dio cuenta no seas tan drástico, que drástico ni que nada, mujer, lo pude haber matado, si llega y pasa de esa manera y si no fuera por la bocina ni se da habría dado cuenta del ruido que haces con tu bocina que la tocas siempre por cualquier cosa.
El viento le golpeaba fuerte la cara y le alborotaba el pelo. Pedaleaba sostenidamente, procurando mantener el ritmo y la fuerza. La cuesta se había acabado y la calle era ahora plana y ahora si que llego tarde, se acabo la bajada y el vuelo, y tengo que pedalear y ya estoy atrasado en dos minutos, y más encima esta rotonda que es imposible de atravesar porque pasan autos infinitamente, y yo acá parado esperando una oportunidad para cruzar, me va a tomar unos buenos minutos, por qué será que no salgo antes de mi casa, siempre me pasa lo mismo, y si no llega vamos a tener que jugar con uno menos, ¿por qué nunca llega a la hora?, si se viene en bicicleta con mayor razón tiene que programar sus tiempos, si es que llega, va a llegar muerto de cansancio y voy a jugar pésimo con lo cansado que estoy de pedalear, como estará de enojado mi equipo siendo que no llego nunca a la hora.
Atravesó una rotonda, luego de esperar un buen tiempo a que no viniera ningún auto, y se dispuso nuevamente a pedalear, mirando una y otra vez su reloj, solo para comprobar que estaba cada vez mas y mas atrasado. “No tengo más alternativa que seguir pedaleando, así que nada más importa ahora".
Sabía que faltaba poco para llegar, y eso lo tranquilizó bastante. A lo lejos, caminando en sentido contrario, venía una pareja de ancianos a paso de bastón, disfrutando de una plácida tarde de domingo. El apurado ciclista pasó junto a ellos a una velocidad impresionante, sin dejar de notar la cara de asombro del viejo, al tiempo que veía que la anciana murmuraba algo. Los dejó atrás rápidamente. Sentía alegría al saber que estaba por llegar a su compromiso futbolístico, pero no dejaba de pensar en los ancianos que acababa de pasar. Seguramente esa vieja estaría comentándole a su marido lo imprudente y descarriada que está la juventud de hoy en día, en fin, que me importa viejos conservadores, si supieran que voy atrasadísimo no me enjuiciarían tanto por la velocidad a la que los pasé, imagínate, Gregorio, andar en bicicleta a esa velocidad, qué ganas de ser joven de nuevo para hacer todas esas locuras que hacen los cabros de hoy, ¿no te parece?, sí, m’hita, es verdad, estos chiquillos tienen toda la vida por delante, y que me importa lo que estén diciendo de mí esos viejos, total, llegué, y me van a echar la foca de que llego tarde siempre y bueno tendré que aguantarla no más, total es su culpa y tendrá que aguantar la foca que le vamos a tirar. En serio, mi amor, casi me atropella un ciclista que venía rajado calle abajo, al parecer iba atrasado, pero igual casi me mata, me tuve que correr justo, y tu siempre dale que dale a la famosa bocina, si era un cabro distraído que atravesó con roja no más, que tanta cuestión, ustedes también llegan tarde a veces, además soy el que más lejos vive, igual tiene razón, pero si casi lo atropello, como no le iba a tocar la bocina, fue por su bien y el mío, no tienes idea lo que molesta a la gente los bocinazos, y tus exageraciones, te apuesto que ni siquiera iba tan rápido el de la bicicleta, y si, m’hita, nada como la juventud y sus locuras.
Caminaban despacio y tranquilamente por la vereda, a paso de bastón.

viernes, 28 de diciembre de 2007

Sicodelia Casera


sábado, 3 de noviembre de 2007

Amiga


Y ella se acordaba de esa conversación, ¿me acordaba yo? Dije "A veces me siento como un ángel, en el sentido que siempre llego en el momento justo, siempre tengo lo que alguien necesita". Sonaba pedante, pero ella sabía que luego venía algo que opacaba esa poca humilde afirmación, y que a la vez, no sonaba tan bonito. "Pero luego me siento mal otra vez, todo vuelve a ser como antes. Hasta que de pronto algo pasa y vuelvo a sentirme bien, pero eso pasa cada cierto tiempo", agregué. Suponiendo que no sabría bien que decirme ante eso, unió unas cuantas palabras, que bien formuladas como estaban en ese entonces, sonaron algo así: ‘Que no se te olvide nunca que siempre van a haber personas que te encuentran un ángel. No porque llegues o porque tengas, sino porque eres. Que no se te olvide nunca". Eso me lo dijo después de un tiempo de haberme conocido. Yo no tan seguramente me acordaría de eso. Pero ahora lo recuerdo... ¿Me acordaría yo sin que ella me lo recuerde? Ojalá.. ¿Creería yo sus palabras, si no fuera mi amiga? Posiblemente no.

sábado, 4 de agosto de 2007

Veinte minutos de fama

Capítulo II



Salvador y asesino


Era costumbre entre sus colegas jugar en las horas libres para matar el tiempo.
En las largas y agotadores noches en la clínica, mientras todo estaba en calma y en silencio, nada mejor que echar una partida de dominó, una ronda de póker, o un juego de billar con los demás médicos de turno.
Aquél día había sido particularmente agotador para Ignacio Leprouter.
A lo largo de su profesión, recordaba cada cara triste o dolorida tan bien como las felices, cuando todo iba bien y su paciente se recuperaba satisfactoriamente de sus heridas y problemas.
Pero en ese momento no estaba para pensar en su trabajo.
Por primera vez en años su turno de noche estaba libre.
Al parecer, el destino quiso que nadie se enfermara ni se accidentara esa madrugada, para que él obtuviera su merecido pasatiempo y descanso.
Se reunió con sus colegas en el piso doce del hospital. Frente al ascensor, se hallaba una puerta negra con una manilla dorada, limpia y resplandeciente. A juzgar por su limpieza, daba la impresión de que no muchas manos la habían tocado.
Y eso tenía una explicación lógica.
¿Quién iba a entrar en ese cuarto? Nadie tenía tiempo de entrar ahí, por mucho que se deseara.
El oficio pocas veces dejaba la oportunidad de ir a distraerse al doceavo piso, a su salón con puerta negra y con manilla dorada.
Un hombre de cabellos plateados y barba blanca, el más viejo de los médicos allí presentes, abrió la puerta solemnemente.
Entraron en fila india, uno a uno, con el rostro agotado y con ojeras, pero alegres de poder distraerse de sus labores y divertirse, aunque fuese por un rato.
Ignacio iba al último, y se encargó de cerrar la puerta para no molestar con el ruido a los pacientes del piso de abajo.
Durante más o menos una hora en la clínica reinó absoluto silencio.
Todos los pacientes hospitalizados dormían profundamente.
Solo una mujer mayor, gravemente herida y alojada en cuidados intensivos, despertó.
Abrió los ojos en medio de la oscuridad de su habitación, percibió el olor que tanto conocía (el de las clínicas), y apenas quiso bajarse de la cama para ir al baño, escuchó la voz de su médico tratante, un piso más arriba:
- "Dos pájaros de un tiro. Sigamos con los demás"
Volvió a dormirse, extrañada.
Pasó otra hora.
Una enfermera rondaba por los pasillos del doceavo piso.
Subió al ascensor, y antes de que las puertas metálicas de este se cerraran, vió que la puerta negra de enfrente se abría, para dar paso a cinco médicos fastidiados y cansados, y otro sonriente y animado.
- Gané, señorita Francisca, ¿qué le parece? - le dijo alegremente a la enfermera.
Sin esperar respuesta, subió al ascensor.
Ella lo miró sonriendo tímidamente
- Años que no jugaba. Pero ya ve usted, el pool no se olvida.
Y diciendo esto, le guiñó un ojo, y caminó con paso firme a su oficina..