domingo, 30 de diciembre de 2007

Caminaban despacio y tranquilamente por la vereda


Iba muy rápido montado en su bicicleta calle abajo.
Pasó junto a un hombre y por poco lo atropella, pero el peatón se movió a tiempo, le grito un par de insultos, y el despistado ciclista siguió sin enterarse. El enemigo viajaba con él en su muñeca izquierda, y avanzaba imparable y cruelmente, la verdad es que iba rajado en la bici, con un vuelo increíble, estaba atrasado y faltaban cinco minutos para las ocho, creo que casi atropello a un gallo, ni me di cuenta, la verdad, pero por algo me habrá gritado así, el tipo venía echo un loco en su bicicleta, me tuve que correr para que no me atropellara, le solté un par de garabatos, se veía que estaba atrasado, en todo caso.
Dobló en la esquina y pasó con el semáforo en rojo al otro lado de la calle. Sólo un bocinazo le hizo darse cuenta de su infracción, pedaleó fuerte y evitó ser topado por una camioneta que se disponía a virar, y creo que estoy siendo muy imprudente, o no se si será de pavo pero creo que crucé con roja, por algo esa camioneta casi me atropella, menos mal que atiné y piqué, porque sino me voy derecho a la clínica, y ese otro que toca bocina si ya pasó, pero obvio, el típico conductor al estilo gringo que mete bocinazo bien fuerte para llamar la atención, porque el pendejo cree que puede llegar y cruzar con roja, pero si no se dio cuenta no seas tan drástico, que drástico ni que nada, mujer, lo pude haber matado, si llega y pasa de esa manera y si no fuera por la bocina ni se da habría dado cuenta del ruido que haces con tu bocina que la tocas siempre por cualquier cosa.
El viento le golpeaba fuerte la cara y le alborotaba el pelo. Pedaleaba sostenidamente, procurando mantener el ritmo y la fuerza. La cuesta se había acabado y la calle era ahora plana y ahora si que llego tarde, se acabo la bajada y el vuelo, y tengo que pedalear y ya estoy atrasado en dos minutos, y más encima esta rotonda que es imposible de atravesar porque pasan autos infinitamente, y yo acá parado esperando una oportunidad para cruzar, me va a tomar unos buenos minutos, por qué será que no salgo antes de mi casa, siempre me pasa lo mismo, y si no llega vamos a tener que jugar con uno menos, ¿por qué nunca llega a la hora?, si se viene en bicicleta con mayor razón tiene que programar sus tiempos, si es que llega, va a llegar muerto de cansancio y voy a jugar pésimo con lo cansado que estoy de pedalear, como estará de enojado mi equipo siendo que no llego nunca a la hora.
Atravesó una rotonda, luego de esperar un buen tiempo a que no viniera ningún auto, y se dispuso nuevamente a pedalear, mirando una y otra vez su reloj, solo para comprobar que estaba cada vez mas y mas atrasado. “No tengo más alternativa que seguir pedaleando, así que nada más importa ahora".
Sabía que faltaba poco para llegar, y eso lo tranquilizó bastante. A lo lejos, caminando en sentido contrario, venía una pareja de ancianos a paso de bastón, disfrutando de una plácida tarde de domingo. El apurado ciclista pasó junto a ellos a una velocidad impresionante, sin dejar de notar la cara de asombro del viejo, al tiempo que veía que la anciana murmuraba algo. Los dejó atrás rápidamente. Sentía alegría al saber que estaba por llegar a su compromiso futbolístico, pero no dejaba de pensar en los ancianos que acababa de pasar. Seguramente esa vieja estaría comentándole a su marido lo imprudente y descarriada que está la juventud de hoy en día, en fin, que me importa viejos conservadores, si supieran que voy atrasadísimo no me enjuiciarían tanto por la velocidad a la que los pasé, imagínate, Gregorio, andar en bicicleta a esa velocidad, qué ganas de ser joven de nuevo para hacer todas esas locuras que hacen los cabros de hoy, ¿no te parece?, sí, m’hita, es verdad, estos chiquillos tienen toda la vida por delante, y que me importa lo que estén diciendo de mí esos viejos, total, llegué, y me van a echar la foca de que llego tarde siempre y bueno tendré que aguantarla no más, total es su culpa y tendrá que aguantar la foca que le vamos a tirar. En serio, mi amor, casi me atropella un ciclista que venía rajado calle abajo, al parecer iba atrasado, pero igual casi me mata, me tuve que correr justo, y tu siempre dale que dale a la famosa bocina, si era un cabro distraído que atravesó con roja no más, que tanta cuestión, ustedes también llegan tarde a veces, además soy el que más lejos vive, igual tiene razón, pero si casi lo atropello, como no le iba a tocar la bocina, fue por su bien y el mío, no tienes idea lo que molesta a la gente los bocinazos, y tus exageraciones, te apuesto que ni siquiera iba tan rápido el de la bicicleta, y si, m’hita, nada como la juventud y sus locuras.
Caminaban despacio y tranquilamente por la vereda, a paso de bastón.

viernes, 28 de diciembre de 2007

Sicodelia Casera


sábado, 3 de noviembre de 2007

Amiga


Y ella se acordaba de esa conversación, ¿me acordaba yo? Dije "A veces me siento como un ángel, en el sentido que siempre llego en el momento justo, siempre tengo lo que alguien necesita". Sonaba pedante, pero ella sabía que luego venía algo que opacaba esa poca humilde afirmación, y que a la vez, no sonaba tan bonito. "Pero luego me siento mal otra vez, todo vuelve a ser como antes. Hasta que de pronto algo pasa y vuelvo a sentirme bien, pero eso pasa cada cierto tiempo", agregué. Suponiendo que no sabría bien que decirme ante eso, unió unas cuantas palabras, que bien formuladas como estaban en ese entonces, sonaron algo así: ‘Que no se te olvide nunca que siempre van a haber personas que te encuentran un ángel. No porque llegues o porque tengas, sino porque eres. Que no se te olvide nunca". Eso me lo dijo después de un tiempo de haberme conocido. Yo no tan seguramente me acordaría de eso. Pero ahora lo recuerdo... ¿Me acordaría yo sin que ella me lo recuerde? Ojalá.. ¿Creería yo sus palabras, si no fuera mi amiga? Posiblemente no.

sábado, 4 de agosto de 2007

Veinte minutos de fama

Capítulo II



Salvador y asesino


Era costumbre entre sus colegas jugar en las horas libres para matar el tiempo.
En las largas y agotadores noches en la clínica, mientras todo estaba en calma y en silencio, nada mejor que echar una partida de dominó, una ronda de póker, o un juego de billar con los demás médicos de turno.
Aquél día había sido particularmente agotador para Ignacio Leprouter.
A lo largo de su profesión, recordaba cada cara triste o dolorida tan bien como las felices, cuando todo iba bien y su paciente se recuperaba satisfactoriamente de sus heridas y problemas.
Pero en ese momento no estaba para pensar en su trabajo.
Por primera vez en años su turno de noche estaba libre.
Al parecer, el destino quiso que nadie se enfermara ni se accidentara esa madrugada, para que él obtuviera su merecido pasatiempo y descanso.
Se reunió con sus colegas en el piso doce del hospital. Frente al ascensor, se hallaba una puerta negra con una manilla dorada, limpia y resplandeciente. A juzgar por su limpieza, daba la impresión de que no muchas manos la habían tocado.
Y eso tenía una explicación lógica.
¿Quién iba a entrar en ese cuarto? Nadie tenía tiempo de entrar ahí, por mucho que se deseara.
El oficio pocas veces dejaba la oportunidad de ir a distraerse al doceavo piso, a su salón con puerta negra y con manilla dorada.
Un hombre de cabellos plateados y barba blanca, el más viejo de los médicos allí presentes, abrió la puerta solemnemente.
Entraron en fila india, uno a uno, con el rostro agotado y con ojeras, pero alegres de poder distraerse de sus labores y divertirse, aunque fuese por un rato.
Ignacio iba al último, y se encargó de cerrar la puerta para no molestar con el ruido a los pacientes del piso de abajo.
Durante más o menos una hora en la clínica reinó absoluto silencio.
Todos los pacientes hospitalizados dormían profundamente.
Solo una mujer mayor, gravemente herida y alojada en cuidados intensivos, despertó.
Abrió los ojos en medio de la oscuridad de su habitación, percibió el olor que tanto conocía (el de las clínicas), y apenas quiso bajarse de la cama para ir al baño, escuchó la voz de su médico tratante, un piso más arriba:
- "Dos pájaros de un tiro. Sigamos con los demás"
Volvió a dormirse, extrañada.
Pasó otra hora.
Una enfermera rondaba por los pasillos del doceavo piso.
Subió al ascensor, y antes de que las puertas metálicas de este se cerraran, vió que la puerta negra de enfrente se abría, para dar paso a cinco médicos fastidiados y cansados, y otro sonriente y animado.
- Gané, señorita Francisca, ¿qué le parece? - le dijo alegremente a la enfermera.
Sin esperar respuesta, subió al ascensor.
Ella lo miró sonriendo tímidamente
- Años que no jugaba. Pero ya ve usted, el pool no se olvida.
Y diciendo esto, le guiñó un ojo, y caminó con paso firme a su oficina..



martes, 31 de julio de 2007

Veinte minutos de fama


Capítulo I
Inicuo e inocuos
Se acercó decidido.
En su rostro no se percibía ninguna señal de misericordia ni piedad.
Sus futuros occisos estaban unidos y atemorizados, aguardando el momento en que su verdugo se decidiera a atacar.
Sabían que nunca más volverían a estar juntos; el hombre que tenían delante de ellos se encargaría de suprimirlos y separarlos para siempre.
Los observaba a distancia.
Su mirada se posó en los inertes e inexpresivos rostros de sus víctimas, y luego recorrió sus cuerpos, examinando detenidamente las marcas de sus vientres.
De pronto, en su rostro serio y solemne, se dibujó una sonrisa.
Tomó su arma con ambas manos, y apuntando con ésta a su vasallo de raza blanca, le ordenó atacar a sus hermanos de color que tenía en frente, llenos de pánico, tristeza y desesperación ante la muerte segura que estaba por venir.
El vasallo, ante la fuerza del arma que le amenazaba y le empujaba a atacar, tuvo que obedecer.
Pasaron breves segundos.
Hubo ruido, desorden, confusión.
El hombre observaba el caos y el miedo que había creado al embestir contra sus víctimas.
Los atacados intentaron huir, mas no pudieron escapar muy lejos; el cansancio que los poseía era enorme.
Agotados, miraron a su alrededor.
Dos de ellos habían muerto.
Invadidos por la pena y el odio, trataron de retomar la huída, mas fue en vano.
No podían moverse.
- "Dos pájaros de un tiro. Sigamos con los demás" - dijo el hombre.
Se acercó a su pálido servidor, y otra vez, con el poder que le otorgaba su arma, lo obligó a suprimir a una nueva víctima, de tez morena como la noche y de pequeños ojos blancos.
El vasallo obedeció de inmediato.
Atacó a su presa, rápida y silenciosamente.
Su cruel amo, aún con la sonrisa en el rostro y su arma en la mano, supervisó la tercera matanza.
Todas las desafortunadas víctimas observaron el nuevo crimen.
Y en silencio, esperaron tranquila y calladamente su hora de muerte, que no podía tardar en llegar.

viernes, 20 de julio de 2007

Crónico

Y acá estoy. Acá estamos. De vuelta en la capital. Eso es tan agradable como triste. (Me fui de viaje de estudios hace 10 días, por si acaso). Parto comentando que el cuaderno que llevaba a todos lados, desde Santiago a Arica, y viceversa, llevaba en El mis recuerdos, mis preguntas, mis reflexiones, mis alegrIas y mis frustraciones del viaje. Ojalá eso no les deje una visión del clásico "querido diario, hoy me siento feliz"
No era así. Ese cuaderno de aspecto desgastado, raquítico producto de mis incontables arranques de hojas, contenía y contiene la crónica de mi viaje. Mi crónica. Y a la vez de todos.
Pero no es una crónica que busca la perfección del relato ni el agrado de profesores de lenguaje.
Eso es otro cuento. Esta es mía. Esta es paralela a toda crónica presionada y no siempre natural. No busca un siete en ninguna libreta de notas. Busca un siete en mi experiencia de vida... busca reflejar lo mejor posible las cosas que me ocurrieron. Cosas tan normales como "Llegamos a la Recova" o "alojamos en el Park Calama". Y cosas tan personales como "quería romper la puta tele con todas sus pelIculas que no me dejaban dormir". Pido disculpas si mis relatos se tornan confunsos.
Desde ya advierto que estas narraciones que ocuparán durante un tiempo el espacio de mi blog están anacrónicamente escritas, lleno de flash-
backs, lleno de raccondos y narradores de todo tipo. Fueron 10 días increÍbles, extraños, y muy, muy largos.
Mi pequeña introducción.
Como ya dije en el post anterior, necesito contarle al mundo lo que sentí y las situaciones increíbles que viví.
Saludos a todo mi entorno del norte.



A ellos y a ellas.
Gracias por todo.

sábado, 30 de junio de 2007

Un año más, que más da

Éste día (Sábado 30 de junio de 2007) es muy importante para mí. Hace exactamente un año que se me vino a mi cabeza la idea de hacer un blog donde pudiera compartir sentimientos, reflexiones y tantas otras cosas. Hace exactamente un año que tengo esta croquera virtual, este pergamino de los pensamientos compartidos, hace exactamente un año en este mismo espacio se vió a un Principito hablando de su rosa.
Sigo un poco desconcertado de lo rápido que ha pasado el tiempo.
En ese entonces no tenía proyectado continuar con mi blog por mucho tiempo más... Pero ya ven. Sigo escribiendo.
¿Por qué? Porque me es necesario contarle al mundo
lo mucho que admiro al Pr incipito, porque me es necesario ridiculizar a Bush, porque me es necesario gritar (o escribir) a los cuatro vientos que hay un hombre sin brazos capaz de tocar la guitarra con los dedos de los pies, porque me es necesario mostrar el mundo como lo veo yo, porque me es necesario criticar mi entorno, hacer juicios de mi vida y lo que me rodea. (Ojo, no confundamos criticar necesariamente con algo negativo, ni confundamos "juicios" con "prejuicios")
Esta página marcó mi adolescencia... y puede parecer muy cursi, pero así fue. En estos 12 meses de escritos, pasaron muchas cosas en mi vida.
Este blog fue el comienzo de superación
de una depresión de dos años y medio. Significa mucho para mí, siempre estaba ahí para desahogarme. En resumen, y para terminar de mamonear y cursiar, fue mi amigo más fiel.No me queda más que agradecer a los fieles y no tan fieles lectores de esta página.
Sin ustedes este blog habría muerto
hace tiempo.

El Autor